Esta es Mi Palabra
Alpha y Omega
El Evangelio de Jesús
La manifestación de Cristo
que el mundo no conoce
Las leyes de Dios para el Reino de Paz de
Jesucristo
Yo Soy el Señor, vuestro Dios, el Unico-Uno
de eternidad a eternidad.
Yo manifiesto a los hombres, desde la ley eterna,
las leyes de la vida
para el Reino de Paz de Jesucristo
El Reino de Dios en la Tierra está en Mí, vuestro Padre, y en Cristo, el Soberano del Reino de Paz.
Yo Soy el Señor, vuestro Dios, el Eterno, el Uno, la ley de la vida. Vuestro Dios, que Yo Soy, está con vosotros.
Mi Hijo, el Cristo de Dios, es el Soberano del Reino de Dios en esta Tierra. Siendo Jesús de Nazaret, trajo a los hombres las leyes de la vida y las vivió dando ejemplo. Como Cristo, el Redentor de todos los hombres y almas, ha vuelto a manifestarlas a través del rayo de luz parcial encarnado de la Sabiduría divina.
El Soberano está con los Suyos, y los Suyos guardan las leyes eternas.
Las leyes del Reino de Paz de Jesucristo son extractos de las leyes eternas. Estos extractos tienen validez en el mundo tridimensional en el que viven Mis hijos en vestido terrenal, es decir en el vestido de la materia. Habrá seres humanos mientras la Tierra produzca frutos para alimentar a hombres y animales.
Comprended: el infinito es orden absoluto. Está formado por innumerables soles, planetas de registro y planetas habitados. Cada planeta habitado de los Cielos lleva seres puros; cada planeta habitado de los planos de purificación lleva almas -y el planeta material habitado, la Tierra, lleva seres humanos.
Mi Ley Absoluta es la vida donante y receptora. Cada planeta, que es sustancia primaria pura, vibra en Mi Ley Absoluta. Los seres de la luz que habitan en los planetas puros de sustancia sutil, forman junto con sus planetas una unidad absoluta en la unidad de la gran totalidad, en la ley de irradiación, Dios. Explicado para vosotros, en palabras humanas, esto significa: Uno para todos, todos para Uno.
El proceso evolutivo se lleva a cabo en los planos de purificación y en los planos preparatorios, así como en los astros materiales, incluyendo el planeta habitado Tierra. Desemboca en la ley de unidad, en la ley de irradiación divina.
Comenzando en el planeta Tierra con sus habitantes, todos los astros materiales se espiritualizarán paulatinamente, hasta que las partes puras en los planetas -el "alma del planeta- puedan desprenderse sin grandes dificultades, cuando el tiempo esté maduro para ello, incorporándose de nuevo a la ley de irradiación, a la ley eterna.
Esta poderosa transformación de la materia en sustancias más finas de más elevada vibración, se efectúa a partir de la Tierra. Esto quiere decir: primero se refinan la vibración del alma y la vibración del cuerpo en los hombres, y luego -partiendo de los hombres- se produce la transformación de la estructura más gruesa, de la Tierra. A consecuencia del refinamiento del hombre y de la Tierra, igualmente se efectuará entonces -paso a paso- la transformación de la materia de todos los astros materiales en luz. El refinamiento sucede por medio de la purificación de los hombres y de la Tierra, a través de hombres que se orientan a Mí, el Espíritu de la verdad, y cumplen lo que les he mandado: reconocer sus faltas y pecados, pedir perdón, perdonar a su prójimo y, si es necesario, reparar lo que condujo al pecado, y no volver a cometer pecados iguales o parecidos. Sólo entonces Me es posible obrar a través de ellos, porque cumplen Mi voluntad: la ley del amor, de la vida y de la libertad.
Quien se incorpora a este proceso evolutivo, está colaborando a que la ley de irradiación de la Tierra se renueve por entero, y a elevar la vibración de la Tierra, de modo que su luz y fuerza aumenten; pues quien se purifica en Mi espíritu, se está renovando y paulatinamente llega a ser la ley eterna misma -y con ello divino-. Entonces colaborará en este gran acontecimiento evolutivo, de modo que la Redención se consumará en todos los ámbitos que están fuera de los Cielos eternos, del SER puro, en un ciclo más corto.
La Tierra está en vísperas de purificación, sacudiéndose en primer lugar todo lo que le impide entrar en una vibración más elevada. Con ello ofrece a los hombres la posibilidad de vivir sobre ella como corresponde a Mi voluntad, a Mi ley. Este poderoso cambio de era ha comenzado. Yo, el Espíritu de la verdad, lo hago todo nuevo.
En este tiempo de cambio, que va desde el viejo mundo a la era de luz, también se produce un cambio en muchos de Mis hijos humanos. Sienten el movimiento de Mi Espíritu en sí mismos y se esfuerzan en llevar a la práctica Mis fuerzas, las leyes de la vida, en la vida cotidiana. Sin embargo, también son en ellos aún activas las energías causales, de manera que muchos fluctúan entre Mí, el Espíritu de la eternidad, y la materia: entre el cumplimiento de las leyes eternas y el cumplimiento de lo humano, de los deseos y pasiones humanos. Este vaivén produce las fluctuaciones de Mis hijos humanos.
Esta fase de transformación de la manera de ser de Mis hijos humanos, y de las transformaciones sobre y dentro de la Tierra, llegará a su fin. Durante el tiempo de cambio las tinieblas atacan una y otra vez, para salvaguardar para sí su territorio, la Tierra. Por eso hay en y entre todos los pueblos, una y otra vez, asaltos de las tinieblas, lucha y paz, fluctuaciones, el pro y el contra.
Los asaltos de las fuerzas demoníacas aumentarán aún más, porque los hombres todavía no están lo suficientemente afianzados en Mí, el Espíritu. Una y otra vez se levantarán pueblos para enfrentarse. Luchas, necesidades, enfermedades, penas y padecimientos diezmarán a los hombres. Muchos huirán de los centros de aglomeración de energías negativas -es decir, de aquellos pueblos- en los que repercutan las guerras, agitaciones, catástrofes, enfermedades y epidemias. De este caos de causas y efectos surgirá la nueva era, la era luminosa, tomando forma y configuración cada vez más claros y amplios en la Tierra, que está purificándose más y más.
Del mismo modo en que se purifica la Tierra y surge el tiempo de la luz, se purificarán también los hombres que recorran seria y consecuentemente el camino que conduce a Mí, el Eterno. De las ruinas del yo humano nacerá un nuevo género humano -hombres en y con Cristo, el género humano de Cristo.
El género humano de Cristo, que tiene sus raíces en la estirpe de David, forma
la humanidad-de-Dios, que se caracteriza por el cumplimiento de las leyes eternas. El
Soberano de los hombres-Dios, del género humano de Cristo, es el Cristo, Mi primer Hijo
visualizado y primogénito, el Corregente de los Cielos. El es el Soberano del Reino de
Dios en la Tierra, del Reino de Paz. El Soberano del Reino de Dios, Mi Hijo, es al mismo
tiempo Hermano y Amigo de los hombres-Dios. Ellos lo llamarán Yaehowea, el Divino.
Yo, vuestro Señor y Dios, manifiesto a continuación los extractos de Mi ley eterna para el Reino de Paz de Jesucristo en el mundo tridimensional.
Los hombres que aspiran a la humanidad-Dios pueden ya ahora guiarse por estas legitimidades dadas para el Reino de Dios sobre la Tierra.
Los hombres-Dios reposan en sí mismos, en su templo purificado. Se mantienen fieles a Mí, Dios, su Señor, guardando las leyes eternas. La fidelidad para conmigo abarca también la fidelidad para con el prójimo, en la forma de pensar, hablar y actuar.
Este es un mandamiento y dice así: mantén en cada situación de la vida la apertura, y entonces también estarás manteniendo, en Dios, la fidelidad a tu prójimo.
El Cielo está abierto y es accesible al hombre-Dios, porque el Cielo es activo y obra en él: la ley de la sinceridad, de la justicia, del amor desinteresado absoluto. Por eso, en tu corazón no deben haber recelo o reserva algunos.
Los hombres-Dios se aman mutuamente de forma altruista, tal como Yo los amo, su Señor y Dios. Cada pensamiento, cada palabra, y también cada acto del hombre-Dios, es una acción divina.
Cada acción legítima ya lleva en sí la reacción legítima, la vida eternamente
fluente, el Yo Soy.
En el Reino de Paz de Jesucristo los Míos no desperdician energía con sensaciones, pensamientos, palabras y actos ilegítimos. Dejan fluir la ley eterna, pues sus sensaciones, pensamientos, palabras y actos son la Ley Absoluta -también cuando hablan sobre cosas y acontecimientos, cuando hablan en horas libres o antes o después de la Comida festiva-. Reposan en Mí, y Yo, la ley eterna, fluyo a través de ellos por medio de cada sentimiento, cada pensamiento, cada palabra y cada acto.
Los hombres-Dios en el Reino de Paz de Jesucristo, viven en el tiempo y el espacio. Por eso tienen horarios preestablecidos, horas de trabajo y tiempo libre.
También durante el trabajo, mediante sensaciones, pensamientos, palabras y actos legítimos, activan la ley eterna, que fluye a través de ellos. Esto comienza entonces, gracias a ellos y al trabajo de sus manos, a efectuar y completar, incrementadamente, lo que han introducido en la corriente fluente, en la ley. Su vida es dar y recibir.
Los hombres-Dios cumplen la ley que dice: cada sensación, cada pensamiento, cada palabra y cada obra son legítimos y por tanto oración. Los hombres-Dios ya no ganarán por tanto "el pan con el sudor de la frente.
El trabajo es oración activa.
Los hombres-Dios viven conjuntamente, obran y trabajan conjuntamente, porque Uno está para todos y todos para Uno: Cristo. Por eso no se aíslan unos de otros, y también desarrollan su tiempo libre conjunta y legítimamente.
Además, en sus comunidades vivirán igualmente según estas elevadas ética y moral, de manera que en todo momento puedan presentarse ante Mi faz, como seres puros y nobles.
Los hombres-Dios viven en unidad con los reinos de la naturaleza, y los animales y las plantas les sirven. Por eso poseerán la Tierra de manera legítima.
Los hombres-Dios en el Reino de Paz de Jesucristo obrarán, con sus talentos y capacidades espirituales desarrollados, en la Tierra y para la Tierra, el mundo tridimensional. La Tierra entera, el planeta de Dios, del Creador, será un único jardín de Dios, en el que las viviendas de los hombres-Dios se integrarán armoniosamente en el paisaje. Asimismo sus talleres formarán parte del paisaje. Ahí trabajarán y obrarán al servicio de su prójimo.
Las fuerzas creativas del servir, del dar y recibir, están por tanto desarrolladas en el hombre divino: el hombre-Dios tiene sentido comunitario. Está en unidad con Dios y con su prójimo y cuida la unidad con todos los hermanos y hermanas. Su vida es dar y recibir. El hombre-Dios no reclama la propiedad, porque vive en la plenitud; todo le pertenece.
No trabaja por monedas, el llamado dinero, sino por la colectividad, por la gran totalidad.
El hombre-Dios posee el infinito, porque la plenitud de Dios está viva en él, y así él sabe que la gran totalidad, el infinito, es suyo. Todo lo considera propiedad suya y lo conserva y lo cuida según las leyes eternas de la unidad y de lo comunitario. El sabe: propiedad obliga.
El hombre-Dios es bondadoso e irradia amor. En todas las cosas de su vida personifica a su Hermano divino, el Soberano del Reino de Paz, Cristo, mediante sensaciones, pensamientos, vida y actos legítimos.
Los pensamientos de los hombres-Dios son pensamientos luminosos y no conocen
limitación alguna. Por eso sus viviendas no están separadas por vallas o muros. Tal como
ellos son uno con Dios, el Eterno, que Yo Soy, y con el Soberano del Reino de Paz, su
Hermano Yaehowea, el Divino, así están también unidos entre sí por el amor
desinteresado.
Se sienten como una gran unidad en Dios, como la familia de Dios sobre la Tierra, en la que viven las familias individuales. Entre ellos no se dan las relaciones amorosas carnales.
Los seres humanos divinos se encuentran de acuerdo con las leyes eternas; es decir, se unen como hombre y mujer de acuerdo con su irradiación respectiva -éstas son, para ambas partes, fuerzas energéticas de igual vibración, y se basan en la vibración de su mentalidad-. Estas energías de igual vibración se ponen de manifiesto en el principio masculino como irradiación positiva, como elemento donante, y en el principio femenino como irradiación negativa, como elemento receptor. Ambos son polos que sintonizan el uno con el otro; su tendencia básica es de igual vibración.
Se encuentran al contactar las vibraciones de sus mentalidades. Llevan a cabo en Mi espíritu su enlace matrimonial, y al prometerse fidelidad hacen la alianza conmigo, el Eterno, y entre ellos mismos. Entran a formar parte de la gran familia de Dios, para vivir y obrar en la ley de la unidad, en la gran totalidad.
La unión entre hombre y mujer sólo se consuma cuando desean un hijo. El deseo de un hijo es despertado únicamente por la ley pura de irradiación, en ambos al mismo tiempo. El engendramiento sucede de acuerdo con las leyes de la naturaleza, para cuerpos humanos; es puro y se efectúa en la irradiación pura de la ley, ley en la que viven y en la que se mueven.
Tanto el hombre como la mujer están al servicio de su prójimo; aportan sus capacidades y talentos al bien común.
Viven en Mí, el Dios Padre-Madre. Lo que hacen, lo hacen por completo. En todo lo que hacen y llevan a cabo, ponen la energía de Dios.
Todo es energía. Yo, vuestro Señor y Dios, utilizo vuestras palabras y hablo de energía con vuestras palabras. Por consiguiente, la energía de una prenda de vestir no tiene menos valor que la energía de una bandeja de fruta, pues toda energía está animada por Mi vida, por Mi fuerza. Cada cual da de acuerdo con la cantidad de energía que ha recibido.
El hombre-Dios percibe el potencial energético que irradia de los productos y
servicios. El aporta un potencial energético equivalente. Para construir una casa, por
ejemplo, dará el potencial energético correspondiente, en forma de aporte de trabajo o
productos. El potencial energético -dicho con vuestras
palabras humanas- puede ser también medido en cantidad o
volumen. La cantidad de potencial energético fluye correspondientemente al volumen.
Si el hombre vive en Mí, el Espíritu de Dios, es sabio, y da desde Mí, desde la inteligencia de Dios. Ya no valorará ni sopesará de forma humana, juzgando qué tiene más o menos valor. Lo sabe en sí mismo por Mí, la Inteligencia, Dios, y de ahí toma. Esto no es un trueque, sino un dar y recibir energía. Produce en todo el justo equilibrio. No existe "mío ni "tuyo.
Las dones de los hombres-Dios son potenciales energéticos de elevada vibración. Los hombres-Dios hacen trabajos de calidad, porque su consciencia espiritual lo traspasa todo. Sus productos y servicios son dones del espíritu de Dios. Ellos saben, por su consciencia desarrollada, que tienen que fluir energías eternas, porque la Tierra y todo lo que está sobre ella y en el cosmos material más luminoso sólo pueden aumentar en luz y fuerza si se unen energías similares entre sí. Ellos saben que por la energía eternamente fluente tanto ellos mismos como también capas de la Tierra alcanzan una vibración energética cada vez más elevada -y que por ello paulatinamente la materia se va refinando cada vez más, para finalmente volver a entrar en la sustancia primaria, en la Creación eterna de siete dimensiones.
Quien, por ejemplo, sirve cuidando niños o como profesor en el ámbito escolar,
recibe dones correspondientes, productos o bonos, de parte de las familias cuyos hijos
cuida -como profesor o ayudante-
y conduce a la vida legítima. Enseñando un profesor a utilizar la lengua y los números,
y ayudando a los jóvenes a desarrollar sus capacidades y talentos, al propio tiempo los
está iniciando en las leyes de Dios.
También la ayuda y los cuidados de personas de edad forman parte de los servicios de asistencia. Las personas de edad permanecen en la familia de Dios y también son acompañadas por ella al pasar al más allá, a la vida de sustancia sutil. Ya se encuentre el alma en un cuerpo joven o mayor -los hombres del espíritu se ayudan mutuamente.
De este modo, los hombres-Dios cumplen la ley de la evolución espiritual, del
desarrollo superior. Su forma de pensar, vivir y trabajar se efectúa en la corriente de
la ley eterna. Con ello hacen que la Tierra -y además
todo el Universo material- se espiritualice más y más.
En el Reino de Paz, el Reino de Dios en la Tierra, la ley de irradiación de la Tierra es la vida espiritual de los hijos de Dios. Estos están por tanto unidos a todo el infinito, porque son uno conmigo, el Eterno. También la atmósfera de la Tierra, que es el espejo de la Tierra, estará limpia y podrá recibir energías y formas de vida más elevadas.
Así como los mensajeros puros celestiales estarán entre los hombres, los seres
parcialmente materiales de fuentes de luz más elevadas, que sirven en la Obra redentora
de Cristo, se unirán a su vez con los hermanos humanos, porque ellos y sus hermanos
humanos serán un espíritu en Cristo, su Hermano divino -llamado
Yaehowea, el Divino-, el Soberano del Reino de Paz de
Dios en la Tierra.
Hacia el final del Reino de Paz de Jesucristo, los demonios volverán a poder medirse una vez más con los hombres y con la Tierra. Su empeño seguirá siendo reconquistar la Tierra, su antigua base. Esto les es concedido por Mí, para que se reconozcan y Me acepten a Mí, el Dios eterno, en Cristo, Mi Hijo, y se inclinen ante el poder, la fuerza y el amor. Este asalto de lo demoníaco en aquellas regiones de la Tierra y de la atmósfera en que todavía se encuentran centros de aglomeración de energía contraria a la ley divina, sólo será -como el ebullir del yo humano- un intento triste, y ya no se extenderá por toda la Tierra. Cada ofensiva para poseer toda la Tierra se malogrará, porque los hombres-Dios habrán traspasado la Tierra con luz y fuerza.
Después de este asalto se producirá la transformación ulterior: dado que Yo
habré transformado, por la acción de los hombres espirituales, capas de sustancia
material gruesa en energías de vibración más elevada, el manto de la Tierra se habrá
vuelto más permeable. Se expandirá y estallará, y el alma de la Tierra -el planeta-parcial espiritual proveniente de la Jerusalén eterna- se asimilará al eterno SER. El manto de la Tierra, estallando, se
seguirá refinando en el Universo y será conducido a la energía eternamente fluente.
Al mismo tiempo serán sacudidos más soles y astros materiales. También sus
aspectos-parciales espirituales serán conducidos paulatinamente al eterno SER. Así se
efectuará la disolución de todas las formas y energías materiales.
Quien escucha y lee estas Mis palabras, está iniciado en los acontecimientos
venideros y en el SER. Creer en ello o rechazarme a Mí, la Verdad de la vida, Dios, su
Señor -de eso es libre cada uno de Mis hijos, pues Yo
les he dado el libre albedrío-. Por tanto, cada cual es
por sí mismo responsable -de su fe o de su incredulidad,
de estar a favor o en contra de Mí.
Quien tenga ojos, que vea; quien tenga oídos, que oiga. Aquel cuya alma siente la luz del Eterno, sabe que estas leyes para el Reino de Paz de Jesucristo han sido dadas procediendo de Mí, Dios, la Verdad eterna, que Yo Soy de eternidad a eternidad -el Padre primario de todos Mis hijos, de eternidad a eternidad.
Libro, 1088 páginas.
ISBN 3-89371-260-7 P.V.P.: DM/SFr 25,- ÖS 183,- US$ 15,-
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