Editorial DAS WORT

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El Evangelio de Jesús
La manifestación de Cristo
que el mundo no conoce

         Jesús enseña
                             sobre el matrimonio


Capitulo 42

Jesús enseña sobre el matrimonio. Sanación de los diez leprosos

Estar unida la pareja, también durante la separación externa. Polaridad y dualidad. Valores internos (1-5). Célibes (6-8). Sanación perdurable, sólo mediante la realización de las leyes eternas (13)

 

1. Después de estas palabras, se alejó Jesús de Galilea y fue a las orillas del Jordán, a Judea. Y Le siguió una gran muchedumbre, y allí sanó a muchos.

2. También fariseos vinieron a El para tentarle y Le dijerón: "¿es lícito, según la Ley, que un hombre repudie a su mujer por cualquier motivo?”

3. Y El respondió diciéndoles: "en algunos pueblos un hombre tiene muchas mujeres y repudia a quien quiere, por causa justa. Y en otros pueblos la mujer tiene muchos esposos y repudia a quien quiere, por causa justa. Y en otros pueblos el hombre está unido a una única mujer en amor mutuo, y este es el mejor y más elevado camino.

4. "¿No habéis, pues, leído que Dios al principio creó al ser humano para que fueran un hombre y una mujer, y dijo: por esto dejará el hombre o la mujer a su padre y a su madre y se juntará a su mujer o marido y serán los dos una sola carne?

5. "De manera que ya no son dos, sino una carne. Lo que Dios, pues, unió, no lo separe el hombre”. (Cap. 42, 1-5)

 

Yo, Cristo, explico, rectifico
y profundizo la palabra:

En verdad os digo: aunque el motivo de repudiar al prójimo parezca justificado, no se tiene ningún derecho de excluir al prójimo de la propia vida; pues quien no tenga faltas, que tire la primera piedra.

Quien excluye a su prójimo de su vida, está cerrando su corazón al amor de Dios.

Por eso el hombre no debería repudiar a su prójimo -ni siquiera cuando parece que haya motivos para ello-. Debe perdonar a su prójimo y pedirle perdón; pues en ninguna discordia sólo uno es culpable. Siempre por lo menos hay dos involucrados.

Cuando dos personas se separan, sea cual sea el motivo, sólo debería ser una separación externa, pero no un abandonarse definitivamente el uno al otro.

Quien se une en el interior con el prójimo mediante la purificación de todo lo que llevó a la discordia, permanece unido a él; también cuando externamente ambos están separados.

El matrimonio con varias mujeres u hombres, en el que un hombre tiene varias mujeres o una mujer varios hombres, es contrario a la ley del amor divino.

Dios creó en la existencia pura la polaridad y la dualidad: en los Cielos, dos seres divinos se unen en Dios y se aman mutuamente en Dios. Esta unión en Dios es un acto creador de Dios. Procede del principio de polaridad y dualidad. Los dos seres divinos están unidos eternamente en Dios, como hijos de Dios, y así también como hermanos.

Como en el Cielo, así debe ser también en la Tierra.

Cuando dos seres humanos se prometen fidelidad ante Dios para el matrimonio o cuando se juntan varias personas para una comunidad de hermanos -hombres que observan entre sí la pureza absoluta para cumplir tareas conjuntas o para cumplir la ley-, también deberían guardarse recíprocamente la fidelidad; pues quien se promete fidelidad ante Dios, también hace la alianza de fidelidad con Dios. Quien guarde la alianza de fidelidad, también verá a su prójimo como templo de Dios y lo respetará.

En el respeto mutuo está el reconocimiento de los valores internos del hombre. Quien aprende a amar los valores internos del prójimo, también mantiene la unión interna con su prójimo. Y quien mantiene esta unión interna, también está unido a Dios.

Un matrimonio tal -o asimismo una comunidad de hermanos- es duradero en esta existencia terrenal y entrará en la eternidad, porque Dios es la ley de la unidad y de lo comunitario.

Los hombres que estén dispuestos a vivir en el espíritu del Señor, darán forma conjuntamente a su vida terrenal, se apoyarán mutuamente y se tendrán afecto, en un amor desinteresado y lleno de confianza. Un matrimonio así -o comunidad de hermanos- no conduce a ataduras sino que vive la unión mutua y la unión con Dios.

Hombre y mujer, en el matrimonio, son un espíritu y una carne -y sin embargo son dos almas-. Después de la muerte física viven como hermanos y regresan, en el proceso evolutivo purificador, a su dual espiritual.

Duales celestiales son dos seres provenientes de Dios que están unidos en Dios eternamente. El masculino es el principio donante, y el femenino, el principio receptor. Están unidos en Dios como pareja celestial, de eternidad a eternidad.

Cada ser y cada hombre poseen el libre albedrío, pudiendo decidirse libremente a favor o en contra de las leyes de Dios. Está en la ley de la vida que los cónyuges, en los matrimonios de este mundo, no se separen. Pero como cada ser y cada alma -por lo tanto, también cada hombre- tienen el libre albedrío, también conforme a la ley del libre albedrío ellos son libres de separarse o no. Al hacerlo, la mayoría de las veces, se fijan en valores externos, se orientan por cosas externas o miden con medidas humanas. Una separación tal lleva a los hombres a la ley de siembra y cosecha. Con las consecuencias de esta decisión humana tienen que cargar ambos, pero la parte más grande de la carga la lleva el que se separó de su prójimo por motivos humanos.

Quien se separa de su cónyuge para volver a convivir humanamente con otro, ha cometido adulterio. También las llamadas parejas están sometidas a la misma ley. Por lo tanto, prestad atención a vuestra forma de pensar y obrar -y examinaos antes de comenzar un matrimonio o pareja, viendo qué razones y motivos os mueven a ello-. ¿Es el cuerpo quien lo exige? ¿Son los bienes materiales los que os juntan? ¿O es el amor desinteresado que es activo, como germen de vida interna, en los valores internos de los dos que se esfuerzan por alcanzar ideales y metas más elevados?

Comprended: en los peldaños evolutivos más elevados, que llevan a la vida divina, rigen leyes más elevadas. Estas también abarcan a los matrimonios y familias que se esfuerzan por alcanzar ideales y valores más elevados, que se guían por los valores internos y por los pasos evolutivos que da cada uno en el camino hacia Mí.

 

6. Y Le replicaron: "¿por qué, pues, ha mandado Moisés escribir el libelo de repudio?” Y El les dijo: "por la dureza de vuestros corazones sufrió Moisés que os separéis de vuestras mujeres, igual que en muchos casos os permitió comer carne; pero en el principio no era así.

7. "Y os digo que quienquiera que repudie a su mujer, a no ser por un motivo justificado, y se case con otra, comete adulterio”. Sus discípulos Le dijeron: "si esta es la situación del hombre para con la mujer, no es bueno casarse”.

8. El les dijo: "las palabras no las captan todos, sino sólo aquellos a quienes ha sido dado. Porque hay algunos célibes que nacieron así del vientre de su madre, y hay célibes que fueron hechos por los hombres, y hay célibes que a sí mismos se han hecho tales por amor del Reino de los Cielos. El que pueda captarlo, que lo capte”. (Cap. 42, 6-8)

 

Yo, Cristo, explico, rectifico
y profundizo la palabra:

Si una persona es célibe, sea cual sea el motivo, esto es así por el camino de evolución elegido por ella misma o por la ley de siembra y cosecha. Que sea célibe puede por ejemplo ser el resultado de que en vidas pasadas haya causado cosas que en esta existencia terrenal se hacen efectivas, con las que ahora tiene que cargar para que su alma madure.

Si una persona deshace su matrimonio o no contrae matrimonio para alcanzar con ello el Reino de los Cielos, entonces se está engañando. Está atada a conceptos, opiniones y reglas erróneos. También quien permanezca célibe porque le es ventajoso, está pecando contra la ley de la unidad.

En verdad os digo: la unión de dos seres fue establecida por Dios. En el Cielo, la unión de dos seres espirituales es llamada dualidad. En la Tierra, la unión de dos personas se llama matrimonio o pareja. La unión de dos seres espirituales o de dos personas es al mismo tiempo una alianza con Dios, y significa: cumplir juntos las leyes de Dios, del amor y de la pureza divinos. Quien no respete esta ley, contraviniendo la unidad en Dios, por ejemplo por infidelidad o por pretender que el otro sea una posesión suya, está oponiéndose a la ley del amor desinteresado.

Quien cree poder llegar al Cielo mediante el ser célibe, cierra el Cielo para sí mismo. Ve el matrimonio como una profanación, porque en éste sólo se fija en lo humano, en lo pecaminoso. Quien no reconoce en el matrimonio la ley divina, se fija en sus propias debilidades y pecados y degrada con ello lo que Dios ha establecido: la unión de dos seres humanos, que debe ser igual a una alianza en y con Dios.

Comprended: nadie puede alcanzar el Reino de los Cielos si no trabaja en sí mismo para, conmigo, el Cristo, transformar lo humano en espiritual-divino. Lo mismo es válido para los matrimonios y para los célibes.

 

9. Entonces vinieron a El unos niños para que les impusiera las manos y les bendijera; pero los discípulos los apartaban.

10. Jesús, sin embargo, dijo: "dejad a los niños venir a Mí, y no se lo prohibáis, pues de ellos es el Reino de los Cielos”. Les impuso las manos y los bendijo.

11. Entrando en una ciudad se encontró a diez leprosos, que estaban algo apartados del camino. Y, levantando la voz, decían: "¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!”

12. Y al verlos, les dijo: "id y mostraos a los sacerdotes”. Y sucedió que al marcharse quedaron limpios. Y uno de ellos, viéndose curado, volvió loando a Dios a grandes voces; y cayendo a Sus pies, rostro en tierra, Le daba las gracias. Y éste era un samaritano.

13. Y Jesús dijo: "¿no han sido diez, los limpiados? ¿Dónde están los otros nueve? Esos no han vuelto y loado a Dios, como este extranjero”. Y le dijo: "levántate y sigue tu camino; tu fe te ha sanado”. (Cap. 42, 9-13)

 

Yo, Cristo, explico, rectifico
y profundizo la palabra:

¿Qué sucedió con aquellos que fueron sanados y no lo agradecieron a Dios?

Del amor y de la gracia de Dios, el Todopoderoso, el cual obraba a través de Mí, Jesús, recibieron la sanación, y con la sanación la posibilidad de reconocer su verdadero ser, para dar gracias a Dios, el Eterno, mediante la realización de las leyes eternas.

Sólo uno encontró a Dios en sí mismo y permaneció sano. Los otros volvieron sus miradas de nuevo al mundo, atrajeron de nuevo sus enfermedades de antes y enfermaron nuevamente.

 

El próximo capitulo


Libro, 1088 páginas.
ISBN 3-89371-260-7 P.V.P.: DM/SFr 25,- ÖS 183,- US$ 15,- 
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