Editorial DAS WORT

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Acerca de los sacrificios
        de sangre y del perdón de los pecados


Capitulo 33

Acerca de los sacrificios de sangre y del perdón de los pecados.
Sanación en el estanque de Betzata

Concesiones de Moisés, debidas a las circunstancias de entonces, se convirtieron en leyes (1-3). Sacrificio de animales y alimentación cárnica. Los reglamentos atan; Dios es amor y libertad ilimitados (4-14)

 

1. Jesús enseñaba a Sus discípulos en el atrio exterior del templo, y uno de ellos Le dijo: "Maestro, los sacerdotes dicen que sin derramamiento de sangre no hay perdón de los pecados. ¿Pueden, pues, los sacrificios de sangre, hechos según la Ley, quitar los pecados?”

2. Y Jesús respondió: "ningún sacrificio de sangre, de animal o ave u hombre, puede quitar pecados; porque ¿cómo se puede quitar una culpa mediante el derramamiento de sangre inocente? No, la culpa se hará más grande.

3. "Los sacerdotes ciertamente reciben tales sacrificios de los fieles como expiación por las faltas contra le Ley de Moisés, pero para los pecados contra la ley de Dios no hay perdón, si no es por el arrepentimiento y la enmienda. (Cap. 33, 1-3)

 

Yo, Cristo, explico, rectifico
y profundizo la palabra:

Moisés trajo de Dios los Diez Mandamientos. Cuando comprendió que los israelitas no podían llevar a la práctica los Diez Mandamientos a corto plazo, porque la mayoría habían pensado y actuado en contra de los Diez Mandamientos durante decenios, les hizo algunas concesiones para conducirlos a través del autorreconocimiento a la experiencia interna. Muchos de los israelitas, sin embargo, tampoco tuvieron en cuenta las concesiones y continuaron entregándose a la idolatría. Tras varias generaciones, los obstinados israelitas elevaron estas concesiones a leyes.

Los sacrificios de animales son contrarios a la ley de Dios y también contrarios a los Diez Mandamientos.

 

4. "¿No está escrito en los profetas?: ¡cesad vuestros sacrificios de sangre y vuestros holocaustos! Dejad de comer carne, pues no hablé de ello a vuestros padres ni se lo ordené, cuando les saqué de Egipto. En cambio, esto les ordené:

5. "Obedeced Mi voz y andad por los caminos que os he mandado y seguiréis siendo Mi pueblo y os irá bien. Pero ellos no estaban dispuestos y no obedecieron.

6. "Y ¿qué os ordena el Eterno sino que practiquéis la justicia y la misericordia y andéis humildemente con vuestro Dios? ¿No está escrito que al principio Dios determinó los frutos de los árboles, las semillas y las hierbas para alimento de toda carne?

7. "Pero ellos han convertido la casa de orar en una casa de ladrones y, en vez de hacer una ofrenda pura con incienso, han manchado Mis altares con sangre y comido la carne de los animales sacrificados.

8. "Pero Yo os digo: no derraméis sangre inocente ni comáis carne. Sed rectos, amad la misericordia y haced justicia, y vuestros días perdurarán largamente en la tierra que habitéis.

9. "El trigo que crece en la tierra, junto con los cereales, ¿no es transformado, por el espíritu, en Mi carne? Las uvas de la viña y los otros frutos, ¿no son transformados, por el espíritu, en Mi sangre? Que ellos sean, junto con vuestros cuerpos y almas, vuestro monumento al Eterno.

10. "En ellos se manifiesta la presencia de Dios como sustancia y como la vida del mundo. De ellos comeréis y beberéis todos, para el perdón de los pecados y para la vida eterna de todos los que obedecen Mis palabras”.

11. Hay en Jerusalén, junto al mercado de ovejas, un estanque llamado Betzata. En cinco pórticos yacía una multitud de gente achacosa; ciegos, paralíticos, mancos, que esperaban que el agua se moviera.

12. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua. El primero que bajaba al agua después de haber sido agitada, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera. Había allí también un hombre que era paralítico de nacimiento.

13. Y Jesús le dijo: "¿no te curan las aguas?” El Le dijo: "sí, Señor, pero no tengo a nadie que, al moverse el agua, me meta en el estanque. Y mientras intento llegar, baja otro antes de mí”. Y Jesús le dijo: "levántate, toma tu camilla y anda”. Al instante se levantó y se fue. Y era día de sábado.

14. Y los judíos le dijeron: "es sábado, es contrario a la Ley que lleves tu camilla”. El que había sido curado, no sabía que era Jesús. Y Jesús se había marchado, pues en ese sitio había mucha gente. (Cap. 33, 4-14)

 

Yo, Cristo, explico, rectifico
y profundizo la palabra:

En la ley de Dios no figura nada sobre sacrificios de sangre ni holocaustos, ni sobre el matar conscientemente a animales, y tampoco sobre el consumir la carne de los animales.

Sólo camina en Dios y pertenece al pueblo de Dios, el que obedece Su voz cumpliendo las leyes de Dios. Es ley: el hombre practicará la justicia y la misericordia y caminará humildemente al Reino de Dios del interior, donde está el verdadero y eterno Hogar del alma. Quien guarda las leyes de Dios, se alimenta también de lo que la ley de Dios hace surgir en la naturaleza. También hará coincidir su vida, su forma de sentir, pensar, hablar y actuar, con la ley eterna.

Desde el principio dio Dios al hombre los frutos, las semillas y las hierbas para su alimentación. Esta ley será válida hasta que todas las almas vivan en los ámbitos de sustancia sutil y ya no vivan hombres que para sus cuerpos necesiten la energía hecha forma, la vida proveniente de la naturaleza.

La casa de orar debe ser una casa de oración en la que el hombre, en la oración y en la adoración a Dios, esté cuidando la unidad con su prójimo. De ello obtendrá la fuerza para, en la vida diaria, llevar una vida consagrada y pura y vivir en unidad con su prójimo.

En Mi tiempo de Jesús de Nazaret, los hombres, en sus casas de orar, manchaban los altares de piedra con sangre y después incluso comían la carne de los animales que habían matado. Su templo de carne y hueso lo manchaban con sensaciones, pensamientos, palabras y actos contrarios a la ley divina. Esto también lo hacen aún los hombres en este tiempo [1989], una y otra vez. Igualmente se manchan aún a sí mismos con la sangre de los animales que ellos matan a pesar de lo que saben, y cuya carne comen.

Comprended: la ley de Dios es; y será eternamente. Lo que tuvo validez antiguamente, también es válido hoy, pues Dios es la misma ley -hoy, mañana y en toda eternidad.

Quien derrama sangre inocente, quien come carne, es inmisericorde y tendrá que padecer en sí mismo su inmisericordia.

El monumento al Eterno es un alma pura y un cuerpo sano, que el alma pura mantiene sano.

El alimento natural contiene la sustancia de Dios. Ella es la vida del cuerpo terrenal.

Quien se arrepienta de sus pecados y no los vuelva a hacer, también dejará en Dios sus sensaciones, pensamientos, palabras y actos, y comerá lo que Dios le ha regalado.

Yo rectifico: no era un ángel quien movía el estanque, sino los elementos movían y mueven el agua. No sana el agua, sino únicamente la fe en Aquel que también está, como sustancia, en el agua.

Tal como los judíos, así también los hombres de todas las generaciones han guardado y guardan el sábado sólo en lo externo, por ser una costumbre para ellos. Pero en su comportamiento diario han infringido e infringen lo que enseñan tan sólo de palabra. Sus pensamientos han sido y son impuros, y así también sus obras, que ejecutan detrás de muros, para no ser vistos. Han hablado y hablan de mandamientos para el sábado, pero ellos mismos no han guardado ni guardan el sábado, ni en sus sensaciones ni en sus pensamientos, sus palabras y su actuar.

El humedecerse con agua terrenal es sólo un símbolo. Quien cree en la corriente espiritual de Dios y consagra su vida a Dios, alcanza alivio y sanación mediante la vida proveniente de Dios -tanto si se sumerge en el agua, que sólo es un símbolo, como si invoca a Dios de corazón, y sin que importe tampoco dónde se encuentre.

Dios es fuerza omnipresente. Dios ayuda, alivia y sana. El no pregunta si es día cotidiano o sábado. Quien ruegue de corazón, recibirá, y dan igual el día y la hora. Sólo el hombre estrecho de miras tiene muchos preceptos. Con ello quiere limitar al espíritu omniabarcante.

Comprended: Dios es amor y libertad ilimitados. La ley del amor y de la libertad ilimitados no conoce la estrechez del yo humano. El yo humano es la ley egoísta que el hombre mismo se ha creado. Es la siembra que ya lleva el fruto en sí misma. El hombre mismo la ha puesto en el campo de la vida, en su alma.

 

El próximo capitulo


Libro, 1088 páginas.
ISBN 3-89371-260-7 P.V.P.: DM/SFr 25,- ÖS 183,- US$ 15,- 
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